Hay objetos que parecen demasiado sencillos como para tener una gran historia detrás. Un lápiz de color es, al fin y al cabo, madera, pigmento y una mina que va desapareciendo a medida que dibujamos. Sin embargo, algunos de esos objetos terminan acompañando durante décadas a estudiantes, ilustradores y artistas. Eso es precisamente lo que ocurrió con Prismacolor, una marca cuya historia comenzó mucho antes de que sus conocidas cajas de lápices llenaran mesas de dibujo y aulas de arte.
Lo curioso es que Prismacolor no nació de una pequeña empresa creada exclusivamente para fabricar lápices de colores. Sus raíces son mucho más antiguas y se remontan al siglo XIX. Para entender por qué sus lápices llegaron a ser tan conocidos hay que retroceder hasta una compañía que ya llevaba más de 80 años fabricando materiales de escritura cuando decidió apostar por una nueva forma de trabajar con el color.
¿Cuándo nació Prismacolor?
La historia comienza con Eagle Pencil Company, fundada por Daniel Berolzheimer en Nueva York en 1856. La empresa se dedicó inicialmente a fabricar lápices de grafito y otros productos de escritura. Décadas más tarde, en 1938, lanzó una línea que marcaría un nuevo capítulo en su historia: Eagle Prismacolor Colored Pencils.
La fecha es especialmente interesante porque 1938 todavía estaba marcada por las consecuencias de la Gran Depresión en Estados Unidos. En ese contexto aparecieron unos lápices orientados al dibujo artístico que buscaban ofrecer colores intensos y una aplicación mucho más suave que la que permitían muchos lápices tradicionales.
Aquellos primeros Prismacolor fueron los antecesores de líneas actuales como Premier Soft Core y Premier Verithin. La propia marca continúa situando en 1938 el inicio de la fabricación de sus lápices Prismacolor.
¿Qué hizo diferentes a los lápices Prismacolor?
La principal característica asociada a Prismacolor ha sido durante décadas la suavidad de sus minas. En los lápices Soft Core, esa consistencia permite depositar bastante pigmento sobre el papel sin necesidad de realizar una presión excesiva.
Esta característica resulta especialmente útil cuando se intenta construir un dibujo mediante capas. En lugar de pintar una superficie con un único color plano, el artista puede superponer varios tonos, modificar progresivamente la intensidad y crear transiciones entre luces y sombras.
La composición de los lápices también ayuda a explicar esa sensación. Prismacolor utiliza materiales a base de cera y diferentes proporciones de pigmento según la gama. La propia marca explica, por ejemplo, que sus lápices Premier Soft Core contienen una mayor proporción de pigmento que la línea Scholar, pensada para personas que todavía están desarrollando su técnica.
Esto convierte al lápiz de color en algo bastante más interesante de lo que puede parecer durante los primeros años escolares. Aprender a controlar la presión, mezclar colores y observar cómo interactúan diferentes tonos es una excelente forma de acercarse a conceptos básicos del dibujo.
Los colores también se pueden enseñar
Una caja con muchos lápices no garantiza automáticamente que un niño aprenda a dibujar mejor. Lo verdaderamente interesante comienza cuando comprende qué puede hacer con ellos.
Una actividad sencilla consiste en experimentar con familias de colores y observar las sensaciones que producen. Rojos, naranjas y amarillos, por ejemplo, suelen agruparse dentro de los llamados colores cálidos. Si quieres trabajar este concepto en clase o en casa, puedes consultar esta planificación de arte sobre los colores cálidos, que permite convertir la teoría del color en una actividad mucho más práctica.
Después aparece otra parte fundamental del aprendizaje: descubrir que un mismo lápiz puede producir resultados muy diferentes. Si apenas apoyamos la mina sobre el papel obtenemos un tono suave. Si aumentamos la presión, el color se vuelve más intenso. Si colocamos otro color encima, aparece una tercera posibilidad.
Ese simple ejercicio enseña algo esencial: el dibujo no depende únicamente de los materiales que utilizamos, sino de cómo aprendemos a manejarlos.
De Eagle Prismacolor a Berol Prismacolor
Uno de los errores habituales cuando se cuenta la historia de Prismacolor es atribuir su creación directamente a Berol Company. En realidad, la cronología es diferente.
Prismacolor había nacido en 1938 dentro de Eagle Pencil Company. Fue en 1969 cuando Berol Ltd. compró Eagle y los lápices pasaron a comercializarse como Berol Prismacolor Colored Pencils. Posteriormente la marca continuó cambiando de propietario hasta que en 1995 pasó a formar parte de Newell Brands.
Estos cambios empresariales modificaron nombres y presentaciones, pero Prismacolor consiguió conservar algo mucho más importante: el reconocimiento de su nombre dentro del mundo del dibujo.
Con el paso del tiempo, la gama dejó de limitarse a los tradicionales lápices de colores y se extendió hacia otros materiales artísticos, incluyendo grafito, pasteles, marcadores y diferentes herramientas para dibujo.
Dibujar personajes conocidos también puede ayudar a aprender
Para un niño, aprender conceptos como proporción, volumen o combinación de colores puede resultar demasiado abstracto si se presentan únicamente como teoría. Utilizar personajes que ya conoce puede transformar completamente la actividad.
Por ejemplo, estos dibujos de Super Mario Bros para colorear pueden servir para experimentar con colores intensos y practicar el control del lápiz dentro de espacios delimitados.
Algo parecido ocurre con los dibujos de Merlina para colorear, especialmente interesantes para trabajar contrastes entre negros, grises, blancos y pequeños detalles de color.
Quienes prefieran una paleta completamente distinta pueden recurrir a estos dibujos de Barbie para colorear para experimentar con rosas, violetas, tonos pastel y diferentes combinaciones cromáticas.
La clave está en no convertir la actividad simplemente en “rellenar espacios”. Podemos pedir al niño que utilice dos tonos para crear una sombra, que imagine una versión completamente diferente del personaje o que intente representar una fuente de luz dentro del dibujo. De esa manera, colorear se convierte en un ejercicio de observación y creatividad.
El lápiz de color como verdadera herramienta artística
Durante mucho tiempo el lápiz de color estuvo muy relacionado con el material escolar y el entretenimiento infantil. Sin embargo, también puede utilizarse como un medio artístico capaz de conseguir resultados enormemente detallados.
La superposición de capas permite crear profundidad. El cambio de presión modifica la intensidad del pigmento. La mezcla visual de varios colores ayuda a producir tonos que no existen directamente dentro de la caja. Incluso dejar pequeñas zonas del papel sin cubrir puede convertirse en parte del dibujo para representar reflejos o puntos de luz.
Por eso resulta interesante enseñar desde pequeños que no existe una única manera correcta de utilizar un lápiz.
Un cielo no tiene necesariamente que ser azul. Un árbol puede pintarse de violeta. Una cara puede construirse con verdes, rojos y amarillos si el objetivo es experimentar con el color. El arte también consiste en aprender las reglas para después descubrir cuándo queremos alejarnos de ellas.
Más de ocho décadas poniendo color sobre el papel
Desde aquellos primeros Eagle Prismacolor de 1938 hasta las actuales cajas de lápices han pasado muchas décadas. Cambiaron los propietarios de la marca, aparecieron nuevas gamas y evolucionaron las técnicas utilizadas por los artistas, pero el principio básico continúa siendo sorprendentemente sencillo: una persona, un lápiz y una hoja en blanco.
Quizás ahí esté la verdadera razón por la que los lápices de colores siguen teniendo un lugar importante en la educación artística incluso en una época dominada por tabletas, pantallas y herramientas digitales.
Antes de dominar programas de diseño o aplicaciones de ilustración, un niño puede aprender algo fundamental simplemente colocando un color junto a otro. Puede descubrir qué sucede al presionar más fuerte, cómo conseguir una sombra o qué ocurre cuando decide pintar el mundo de colores diferentes a los que ve.
Prismacolor forma parte de esa historia desde 1938. No porque haya “inventado los colores”, como afirman algunas historias que circulan por Internet, sino porque contribuyó a convertir un objeto tan cotidiano como el lápiz de color en una herramienta capaz de acompañar tanto los primeros dibujos de un estudiante como trabajos artísticos mucho más complejos.
Y quizá esa sea la mejor lección que puede dejar su historia: una caja de lápices no contiene solamente colores. Contiene posibilidades.






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